Barcelona SC no está en el fondo de su grupo de Copa Libertadores por una mala noche. Está ahí porque la cancha terminó desnudando una planificación pobre, un plantel mal compensado y un funcionamiento que perdió frescura justo cuando la exigencia subió. Tres partidos, tres derrotas, un gol a favor, seis en contra y cero puntos. Los números no necesitan gritar: ya dicen demasiado.
El problema no nació únicamente en el banco técnico. Sería injusto cargarle todo a César Farías, porque el entrenador también tuvo méritos que no pueden borrarse por el mal momento actual. Barcelona eliminó a Argentinos Juniors en Buenos Aires, y luego dejó en el camino a Botafogo con una victoria 1-0 en Brasil, y así meterse en la fase de grupos. También logró un triunfo importante ante Liga de Quito en Casa Blanca, por 0-2, en una plaza donde ganar siempre pesa.
Pero Barcelona no puede vivir de tres noches buenas. Para un club grande, clasificar a la fase de grupos no es techo; es obligación. Ganar un partido importante en LigaPro no puede ser el argumento permanente para tapar semanas de juego espeso, poca reacción y señales futbolísticas que se repiten. Farías merece reconocimiento por esos golpes, sí, pero también debe ser cuestionado por un equipo que parece quedarse sin variantes cuando el partido se le cierra.
¿Qué responsabilidad tiene César Farías?
El Barcelona actual ataca muchas veces por impulso, no por elaboración. Le cuesta cambiar el ritmo, encontrar sociedades y sostener una idea cuando el rival le corta los caminos. En varios tramos, el equipo parece depender más de una acción aislada que de un plan trabajado. Y ahí la responsabilidad del técnico aparece con claridad: no basta con insistir, hay que corregir; no basta con ordenar, hay que sorprender; no basta con declarar carácter, hay que mostrar respuestas en la cancha.
Farías no armó solo este plantel, pero sí lo conduce. Y si los extranjeros no pesan, si los nacionales no elevan el nivel, si las rotaciones no sostienen el rendimiento y si el equipo se repite en los mismos errores, el entrenador tiene que mover algo más que nombres. Barcelona necesita variantes reales: otra forma de atacar, otra lectura para los segundos tiempos, otra estructura cuando el rival lo presiona y otra respuesta cuando el partido exige algo distinto.
¿Dónde está el peso de los refuerzos?
La dirigencia, sin embargo, carga con la mayor cuota de responsabilidad. La contratación de extranjeros ha sido uno de los puntos más flojos de la temporada. En un club como Barcelona, esos cupos no pueden usarse para completar la plantilla: deben servir para marcar diferencias.
Sergio Núñez y Héctor Villalba son apenas dos ejemplos de una apuesta que no ha dado el resultado esperado. El primero casi no ha tenido participación y no ha logrado incidir; el segundo sí ha contado con más oportunidades, pero su aporte ha sido escaso para lo que se espera de un jugador extranjero en Barcelona. No se trata de personalizar la crisis en dos nombres, sino de señalar un problema de fondo: la cuota extranjera no ha respondido al nivel de exigencia que tiene el club.
En Barcelona, un extranjero debe elevar el rendimiento colectivo, competir por titularidad, resolver partidos o, al menos, ofrecer una diferencia clara. Si no juega, la contratación queda bajo sospecha. Si juega y no pesa, el diagnóstico tampoco mejora. En ambos casos, el costo deportivo lo paga el equipo y el emocional lo paga el hincha.
El mercado nacional tampoco ha dado respuestas suficientes. Barcelona tiene futbolistas ecuatorianos con recorrido, pero varios refuerzos y alternativas no han logrado sostener un nivel competitivo. El empate ante Manta, colista del torneo, fue una muestra dura: ni con la necesidad de recuperar confianza ni con un jugador más, el equipo pudo imponer condiciones. Actualmente Barcelona figura tercero en LigaPro con 20 puntos en 12 partidos, pero su racha reciente expone el bajón: una sola victoria en los últimos cinco encuentros, con 6 goles marcados y 8 recibidos.
Ese dato debe preocupar más que la ubicación en la tabla. Estar tercero puede sonar aceptable, pero Barcelona no puede conformarse con parecer competitivo en el campeonato local mientras se desmorona en la Copa. La grandeza del club exige pelear, competir y sostener una identidad. Hoy, en cambio, el equipo transmite dudas, juega a ratos y depende demasiado de momentos individuales.
¿Quién responde por las decisiones dirigenciales?
A la crisis futbolística se suma una administración que no deja de abrir frentes. El caso de Gastón Campi volvió a golpear la economía amarilla con una resolución de la FIFA que obliga al club a pagar valores pendientes. El caso Francisco Fydriszewski también representa otra carga económica derivada de decisiones contractuales mal manejadas. Son deudas que no aparecen de la nada: son consecuencia de una forma de administrar que Barcelona ya no puede seguir normalizando.
La situación dirigencial tampoco ayuda. La reciente detención del presidente Antonio Alvarez añadió otro ruido innecesario alrededor del club. Barcelona necesita estabilidad, no más frentes abiertos fuera de la cancha.
Barcelona SC está atrapado entre una dirigencia que contrató mal, una plantilla que no responde como debería y un cuerpo técnico que, después de buenos golpes iniciales, parece haberse quedado corto de recursos para revertir el bajón. La culpa no es de una sola persona, pero tampoco puede diluirse entre todos para que nadie responda.
El hincha no pide milagros. Pide seriedad. Pide extranjeros que jueguen y pesen. Pide nacionales que compitan. Pide un técnico capaz de reinventar al equipo cuando el libreto se agota. Pide una dirigencia que deje de convertir cada temporada en una mezcla de deudas, demandas, comunicados y promesas. (O)
