El equipo más grande del Ecuador, parece estar viviendo uno de sus peores capítulos recientes, pero no por los resultados deportivos únicamente, sino por la constante inestabilidad institucional que amenaza con borrar su legado centenario.

La actual dirigencia, que llegó al poder en medio de una elección cuestionada y rodeada de polémica, ha demostrado que su mayor talento es la improvisación y la toma de decisiones erráticas. Cada paso de esta administración parece cuidadosamente calculado para confundir a la hinchada y socavar la credibilidad histórica del club.
Uno de los episodios más polémicos para los seguidores fue la abrupta desvinculación de Damián Díaz, un jugador que no solo dejó títulos, sino que encarnaba la pasión y el espíritu de Barcelona. La manera en que se gestionó su salida fue una demostración de falta de respeto, insensibilidad y negligencia. No menos cuestionable fue la marcha de Ariel Holan, un técnico con perfil internacional que se fue dejando más preguntas que respuestas sobre cómo se manejan los procesos internos. Estos actos reflejan una dirigencia que no tiene memoria ni visión, y que parece guiarse por decisiones impulsivas más que por un plan estratégico para preservar la grandeza del club.

La problemática no se limita a la administración. La plantilla del año del centenario, lejos de representar una proyección de calidad y compromiso, mostró un nivel irregular que avergüenza. Algunos jugadores parecían más preocupados por la inercia de sus carreras que por el legado que representan. La falta de refuerzos de calidad y la mala planificación deportiva han convertido al equipo en una sombra de lo que debería ser, dejando claro que los errores de la dirigencia se multiplican en el campo de juego.
Si a esto sumamos la llegada de Ismael Rescalvo, el panorama se vuelve aún más alarmante. Su paso por Emelec fue un fracaso evidente, y traerlo a Barcelona demuestra que esta dirigencia no aprende de los errores del pasado. Más que un técnico, parece un experimento que refleja la desesperación de quienes están al mando de la institución. Es un riesgo innecesario y una apuesta que huele a improvisación desde el minuto uno.

Peor aún es la manera en que algunos periodistas, que deberían ejercer una crítica independiente y seria, se han convertido en alcahuetes de esta dirigencia. En lugar de señalar los desaciertos y exigir responsabilidad, justifican decisiones erráticas y minimizan la crisis institucional que atraviesa el club. Esta actitud cómplice contribuye a perpetuar un ciclo de negligencia que aleja cada vez más a la hinchada de los escenarios deportivos.
Y no es por el mal momento futbolístico que los estadios se vacían; es por la sensación de que Barcelona SC ha perdido rumbo. Los hinchas se alejan porque sienten que su equipo está siendo manejado sin respeto a su historia, sin coherencia ni compromiso. Cada decisión cuestionable, cada salida abrupta y cada refuerzo desacertado son un recordatorio doloroso de que la institución está en manos de quienes priorizan intereses propios sobre el bien del club.
Barcelona SC merece más que improvisaciones, mediocridad y complicidad periodística. La hinchada exige respeto, coherencia y compromiso, y sobre todo, resultados que reflejen la grandeza de un club que ha marcado la historia del fútbol ecuatoriano. Si esta dirigencia no cambia radicalmente su rumbo, el club podría estar ante un proceso de decadencia institucional que tardará años en superar. La historia no espera, y la paciencia de la afición, tampoco. (O)
